La cita

20 Oct

Hoy he amanecido ñoño, no sé si será el efecto de los antiinflamatorios combinados con los relajantes o que como en primavera todo me la traía al pairo, he decidido tener astenia otoñal. Y es inevitable que en esos momentos de bajón, aparezca alguna canción que me haga recordar tiempos anteriores. Seguramente no eran mejores pero sí más despreocupados, cargados de una diversión que contenía una gran parte de inconsciencia y otra de inexperiencia.

El amigo Ismael Serrano me contaba eso de pasar una noche genial y quedar para repetirla pasado un tiempo. Esa utópica posibilidad que muchos teníamos de una amistad eterna que permanecería inalterable pasara el tiempo que pasara. Me ha venido una sonrisa a la cara al recordar noches similares en las que hemos quemado Valencia en busca de fiesta, alcohol y chicas y en uno de esos recuerdos aparecía Haley.

Una noche de esas en las que no te apetece salir, ni hacer nada más que estar con un grupo de amigos charlando, tocando algún tema de los Straits con más virtuosismo en los dedos que en la voz, una de esas noches mágicas que pasan muy de cuando en cuando, una de esas noches de verano en las que la temperatura te invita a no entrar en casa, mis amigos y yo decidimos salir a tomar algo y volver pronto a casa. Ja, tremenda cosa el destino que te guarda las mejores sorpresas para cuando menos lo esperas. Y salimos cargados con nuestra guitarra y la intención de pasar por una pizzería, coger un par de pizzas para llevar y marcharnos a la playa a pasar la noche tocando y riéndonos de todo.

Llegamos a una pizzería que por aquellos tiempos, ofrecía suministro rápido de energía a cualquier hora de la noche y al entrar coincidimos con dos grupos de chicas. Uno compuesto de tres jovencitas  yankees y otro por dos alemanas. Yo me acerqué a las americanas que intentaban averiguar los ingredientes de las pizzas y, aprovechando que el inglés no era un problema, echarles una mano. Fue un acercamiento tan tonto que cuando lo he  vuelto a pensar no podía entender cómo acabo la cosa como acabó. Theresa, Cindy y Haley eran tres músicas de una orquesta que participaba en un certamen en Valencia y el que yo fuera con una guitarra colgando supongo que hizo que les pareciese un colega de afición.

Después de conseguir las pizzas, ninguno de nosotros pensaba en ir a la playa.

Haley y yo congeniamos inmediatamente y hablamos durante toda la noche. Un halo mágico nos envolvía y en él compartíamos risas, música y confidencias. Notas rasgadas y una voz dulce acompañándolas, algo nuevo para mis oídos.

El tiempo no se detenía y el alba nos quiso sorprender en la plaza en la que nos habíamos conocido, en la que todo giró durante una noche. Sin embargo conseguimos darle esquinazo y llegamos a tiempo a la playa para contemplar un amanecer único. La luz del sol nos devolvió a la realidad, ella tenía que volver a su hotel antes que el resto bajaran a desayunar y yo tendría que dar alguna explicación en casa por llegar de día cuando me había despedido por la noche con un “vengo enseguida”.

Esa misma tarde nos vimos de nuevo y nos prometimos que no sería la última pese a que ella se marchaba en un par de días de nuevo a su ciudad. Nos dimos nuestras direcciones, los teléfonos y esperamos poder vernos todo el rato posible antes que ella se fuera. Lo conseguimos y durante unos días escuché tanta música clásica que llegué a entenderla, a amarla y durante ese momento pensé que lo que salía de mis dedos al tocar mi vieja Fender era sólo ruido.

Nos despedimos a los dos días en el aeropuerto, fue una despedida  dura porque se rompía algo antes que se hubiera llegado a formar pero en esa despedida hubo una promesa que antes del verano siguiente yo iría a verla.

Durante ese año las llamadas, las cartas, las fotos, los versos, las partituras cruzaron el atlántico con mucha frecuencia y el día del reencuentro se hacía eterno. A principios del verano, después de mucho esfuerzo ahorrando, el billete a Baltimore estaba en mi estantería y a los pocos días me encontraba en un continente que visitaba por segunda vez pero en la costa opuesta. Una dulce bienvenida y un dulce mes en el que compartimos sueños que fueron eternos, viajes a sitios desconocidos y otros no tanto, viajes para conocer a mitos y mucho tiempo para disfrutar juntos.

Ese mes se pasó rápido, tan rápido que de nuevo dolió la herida al volver a ese terrible lugar que es un aeropuerto a la hora de despedirse. Besos con sabor a lágrimas y la promesa de intentar vernos cuanto antes. Pero esa vez no pudo ser, Haley se fue borrando de mi realidad y yo de la suya. Mi tiempo empezaba a estar demasiado lleno de cosas cercanas y el suyo también y lo que fue un bonito principio se quedó en una amistad que ha perdurado frente a la distancia.

Fueron veranos de Red Hot Chilli Pepper, de GNR, veranos de una Fender y un violín que pusieron la banda sonora a nuestras vidas.

Hoy es fácil volver a hablar con ella, con su marido, con sus hijos. Haley fue mi punto de inflexión, el punto en el que descubrí lo que era querer a alguien y fue el punto en el que comprendí que hay algo más después del amor, una amistad eterna que se cita cada cierto tiempo en un lado u otro del océano para recordar viejos y dulces momentos.

La canción que ha empezado este sermón… Gracias maestro.

Y una de Red Hot para ambientar el momento.

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2 comentarios to “La cita”

  1. AM Editorial 20/10/2011 a 22:23 #

    Será Ismael, será lo mágico de tu historia, será que yo también ando demasiado blandita… me has emocionado :***

    De una forma u otra, todos hemos llegado a pensar que ciertas amistades serían eternas, hasta los más escépticos. Pero en muy pocos casos eso se cumple…

    Hoy, me pasa que… me vuelvo a levantar, cruzo la mesa y te abrazo.

    • alcaval54 21/10/2011 a 10:52 #

      Pues no sé lo que será. Igual es el café, como decía el anuncio.

      Siempre queda alguien ahí que es eterno, al menos en nuestro recuerdo. Yo creo que puedo contar con los dedos de una mano, y me sobran dos o tres, a amigos así.

      Una pena la distancia pero recojo el abrazo.

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