Un día de furia

6 Jul

Viernes 29 de junio, 22:30. Cierro la puerta de la oficina, bajo la persiana y me voy a recoger a mi familia a casa de mis suegros. Llevan allí toda la tarde esperando a que vaya a recogerlos, mi hijo está de los nervios porque le había prometido ir con él a jugar a fútbol esa tarde y mi mujer está hecha polvo y necesita tumbarse y descansar.

Y como pasaría en alguna peli, ahora aparecería un cartelito en medio de un fade to black….. Dos meses antes.

Estoy frente a un proyecto para informatizar definitivamente a un cliente bastante importante que ha decidido crecer con varias tiendas nuevas en España y en lugares varios del mundo (pasaporte, vete preparando). Un proyecto medio interesante porque tampoco es que mi empresa se meta en barcos demasiado grandes pero un proyecto en el que poner en marcha varias tiendas y hacer algo más interesante que resolver incidencias y crear reports a medida. Con la emoción, en poco tiempo tengo hecho y preparado todo y en un par de semanas ya está operativo en una de las tiendas, tiempo de prueba para ir dejándolo todo perfectamente probado antes de la nueva apertura. El tiempo va pasando y las pruebas no se hacen, la apertura se va aproximando y no hay ninguna noticia de modificaciones o sugerencias… extraño pero un motivo de alegría.

Y nos plantamos en la semana de la apertura, una semana de locos en la que además han ido surgiendo varios temas más, como siempre urgentes. El lunes hay que instalar los equipos en la tienda nueva pero ohhh, la reforma aún no está acabada, venga usted mañana. Y entre una cosa y otra se hace miércoles, el día anterior a la inauguración. Una inauguración a la que acuden Consellers, concejales, prensa y gente de media España y en la que todo tiene que ir bien. De nuevo el último en poder montar y siempre con prisas, pese a todo el miércoles por la tarde la tienda está a punto.

Llega el viernes, el primer día en que la nueva tienda se pone en marcha y comienza un martilleo telefónico que parece no acabar nunca. “Tengo un problema” es la frase que más oigo durante el día y para mi desgracia no estoy en la NASA. Parece que al final de la mañana ya está todo listo y que por la tarde podré disfrutar de mi primera tarde de viernes libre. Error. A mitad de comida, bueno al final, suena el móvil y las histerias y los gritos se adueñan del ambiente.

Tras un pequeño sprint llego de nuevo a la oficina y la tarde se va tiñendo de un extraño color rojo, quizás sean los incendios que nos rodean, quizás que el infierno está a punto de abrirse. “Falla esto”, “falla lo mismo”…. pero qué están haciendo?? Errores que no eran tal, falta de pruebas, cambios de última hora y todo suuuuuper importante y suuuuuuperurgentísimodelamuertequenoveas.

Resultado.

Viernes 29 de junio, 22:30. Cierro la puerta de la oficina, bajo la persiana y me voy a recoger a mi familia a casa de mis suegros. Llevan allí toda la tarde esperando a que vaya a recogerlos, mi hijo está de los nervios porque le había prometido ir con él a jugar a fútbol esa tarde y mi mujer está hecha polvo y necesita tumbarse y descansar.

Qué agonía!!

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