Invierno del 91

17 Sep

Esta historia viene de hace tanto que tendré que quitarle el polvo a la memoria pero el otro día un comentario de Mientrasleo me ayudó a comenzar a hacerlo.

Siglo XX, las motos aún llevaban carburador en vez de inyección electrónica y los coches no sabían que podrían llegar a ser híbridos antes de circular levitando como se supone que funcionarían en el XXI, luego ya hemos visto que nada de nada.

Un grupo de jóvenes se plantea pasar el fin de año en medio del monte para luego acercar a uno de ellos a Albacete para ver si coincide con su “amada”, en una zona junto al río Tuejar y cercana a una zona de acampada. No es un sitio legal pero tampoco es ilegal y el entorno es más auténtico que unos metros más allá donde están rodeados por mesas de merendero y las comodidades de la zona de acampada de Zagra. Han ido allí muchas veces y conocen la zona y todo el entorno perfectamente, es el sitio perfecto para celebrar una noche de fin de año diferente. En un principio sólo van a ir cuatro y con una moto y un coche para poder llevar los trastos sería suficiente.

Días de preparativos, de organización de un viaje que tenía más de romántico que otra cosa, de juntar y rejuntar ropa de abrigo. Días que se iban al garete doce horas apenas de la salida. En ese momento varios amigos más se unen a la idea, ya no son cuatro si no cinco y a eso hay que sumar las incorporaciones que habrá en Albacete (dos o tres más). Un coche, cinco plazas de las cuales tres irían ocupadas por tiendas y material de acampada en la primera fase, lo que lo dejaba en un biplaza. Una moto, dos plazas más. Falta sitio o el viaje se antoja imposible. A uno de ellos se le ocurre una idea genial, un amigo le puede dejar una moto y así ya hay sitio para todos.

Dicho y hecho, habla con su amigo y esa misma noche se acerca a por una moto de campo que le podía prestar (eso de juntarse con gente que tenía más de una moto lo facilitaba todo bastante).

Un bicho que visto ahora es más bien feo pero que en su momento era un espectáculo para salirse de la carretera y la salida de carretera era inevitable para llegar a donde pensábamos acampar.

27 de diciembre, 6:45 de la mañana y listos para salir. 2º y previsión de encontrarse bastante menos al llegar. Motores en marcha y a un ritmo tranquilo comienzan a caer los kilómetros, el coche va abriendo camino para quitar un poco de aire y para avisar si hay algo raro en la carretera (las motos alumbran poco y las antiguas menos). A los cuarenta minutos el frío empieza a hacer mella en los tres moteros y, mientras el coche sigue avanzando para ir adelantando camino, una parada se hace obligatoria a intentar recuperar las articulaciones heladas. Un café calentito en la barra de un bar de carretera y a darle un poco de marcha para coger a los compañeros adelantados. No hace falta correr demasiado y al poco el grupo está reunido de nuevo, es lo que tienen las carreteras llenas de curvas.

En dos horitas estábamos desplegando todo el material para montar el campamento, el sol calentaba suavemente y hacía agradable el trabajo.

Los días fueron pasando tranquilamente entre caminatas por la montaña, excursiones remontando un riachuelo hasta una bonita cola de caballo (helada por supuesto) y algún exceso deportivo que acabó con todos en unas duchas de las que caía agua proveniente directamente del río.

La noche de fin de año, brindis alrededor de una hoguera, risas, juramentos etílicos que duraron lo que dura una borrachera, abrazos y una capa de escarcha cubriendo a los cinco locos que esperaban ver amanecer. Quien no ha tenido casi veinte años y la cabeza llena de pájaros. El día de Año Nuevo fue un día duro, de resaca y de prepararse para el viaje que haríamos al día siguiente. Con todo recogido nos fuimos a dormir a un refugio de montaña y al día siguiente salimos de nuevo con los primeros rayos de sol. Una horita larga para llegar a Burjassot y descargar el coche de todo lo que no iba a hacer falta y en marcha de nuevo hacia Albacete a recoger al resto de gente.

186 km. Una minucia si vas calentito y el único aire que notas es el de la calefacción manteniendo el ambiente pero que se hacen eternos en dos motos hechas para ir entre piedras y baches y con la temperatura cada vez más baja según nos alejábamos de nuestro querido Mediterráneo. Pese a todo aguantamos el viaje hasta Albacete del tirón y una vez allí nos fuimos a buscar a las amigas albaceteñas para ir a esperar a la que llegaba por tren. Aprovechamos el descanso para entrar en calor y para echar las primeras risas con las compañeras de facultad de mis amigos (el rarito era yo que no iba a Biología). Nos conocíamos todos de anteriores quedadas y tampoco hubo demasiado problema para encontrar tema de conversación y pasar el rato hasta que llegó el tren con la última pasajera que faltaba.

Las tres damas se fueron al coche junto con el conductor y el que había sido su copiloto en todo el desplazamiento. A las motos, los dos valientes que ya acumulaban varias horas en ese día y dos “paquetes” que habían salido del coche para ceder su sitio. Según la “experta” el trayecto hasta el nacimiento del río Mundo era corto, 27 km apenas. El pequeño convoy enfiló la carretera que une Albacete con Riopar con ganas ya de llegar, el cansancio empezaba a pesar y se convertía en una nueva carga que llevar junto con el frío que cada vez se metía más y más en los huesos.

Kilómetro 30 y ni rastro de nuestro destino. 31, 32, 33, …… 95. Un acelerón para indicar al coche que bajara la ventanilla y preguntar cuanto faltaba realmente y la respuesta de unos hombros levantados y una sonrisa que pedía disculpas. Al poco apareció el primer indicador que indicaba que ya faltaba poco para llegar. Tras un desvío y un rato por una carretera que no llegaba ni a rural, llegamos a Riopar. 127 km desde la salida, un pequeño error de CIEN kilómetros.

Buscamos un pequeño hotel rural que conocían nuestras amigas y que iba a servirnos para descansar por un precio más que económico, estábamos en temporada bajísima por lo visto en las calles desiertas. Tocaba comprar la cena y darse una buena ducha. Lo primero fue sencillo en un pequeño comercio que estaba a pocos metros de nuestro hotel y que atendía la misma dueña. Lo segundo fue un placer en cuanto llegamos a las habitaciones. Una cena llena de pan Bimbo, de latas de calamares, atún y un poco de fiambre y un rato de tertulia y música a base de un par de guitarras que llevamos y tras los primeros bostezos, cada uno se fue yendo a su cama.

El día siguiente fuimos a ver el nacimiento del río Mundo, un lugar que vale la pena visitar aunque al ir en pleno invierno la cascada que veis en la foto era de hielo. Una mañana en la que, al fin, los moteros pudimos disfrutar por una carretera llena de baches y de desniveles en los que sentir la moto y no sufrirla. El cielo comenzó a cubrirse y volvimos al pueblo, no era plan de darse un remojón, allí teníamos por visitar una vieja iglesia y subir a lo alto de su campanario. La vista desde allí cambiaba radicalmente, las nubes quedaron bajo y nos quedamos durante un buen rato en lo alto de la colina donde se asienta la iglesia.

Y poco más, de ese viaje en el que nuestro amigo tenía que ir a aclarar sus intenciones y las “señales” de su compañera de facultad y en el que yo descubrí una nueva amiga. Un par de noches riendo y tocando hasta casi el amanecer, un par de paseos por  la zona y un viaje de vuelta aún más duro que el de ida y en el que aprendí a disfrutar del aire frío entrando por cualquier agujero de la chaqueta, el traqueteo del motor dando toda la potencia y la sensación de haber pasado unos días increíbles.

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